Crónica del último atardecer en París

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17:00 hs. Pleno invierno. Hace mucho frío y está comenzando a oscurecer. Tristemente es mi último día en París, pero quiero disfrutarlo hasta el último segundo. 
No tengo nada más que mi mochila, guantes, gorro, y bufanda. Me pongo los auriculares y le doy play a "City of Blinding Lights - U2" así recreo en mi mente una de las escenas más hermosas y motivadoras de mi película favorita, cuando Anne Hathaway ve por primera vez la ciudad y se encandila con tanta maravilla junta. Tanto resplandor, tanto lujo, tanto brillo, tanta elegancia...

Sin saber a donde voy, pero con un objetivo muy claro, empiezo a caminar. Es simple: quiero recorrer todo lo que pueda en estos últimos momentos de mi última noche en La Ciudad Luz.
Cámara en mano, me detengo cada dos segundos ante cada cafetería que me encuentro en el camino. Son perfectas. Cuidadas y delicadamente decoradas hasta el más mínimo detalle, llena de gente disfrutando un chocolate caliente con croissant o un crèpe tibio con nutella. Y están cada dos pasos. Claro... es París. 

Cada barrio tiene su cultura propia, su estética definida. Los arrodisement (departamentos en francés, lo que en Buenos Aires llamaríamos 'barrios porteños') hablan por sí solos. Algunos con características alemanas, otras con toques que los inmigrantes africanos trajeron cuando emigraron de sus países natales. La bohemia y tan cultural estética del Barrio Latino. Todo es hermoso, único y diferente. Pero ciertamente todo es la misma ciudad. París lo reúne todo bajo un encanto enceguedor e hipnotizante. Es como dicen: París tiene ese "algo" que enamora. 

Ya casi es de noche. Comienzo a caminar al borde del Río Sena y los típicos puestitos de libros y artistas que llenan la postal típica parisina están comenzando su retirada. Lo mismo sucede con los museos y los locales de compras, todo está cerrando. Pero dejan lo más importante: una ciudad vacía, preparada para ser recorrida. Los faroles empiezan a prenderse y todo se torna cada vez más pintoresco. París de noche tiene luz propia. Desde casi todos los puntos de la ciudad se ven las luces de la Torre Eiffel que visten e iluminan cada rincón. Un encanto difícil de explicar con palabras. Todo es oro, todo es elegancia. 

Continúo retratando las calles, los autos, las avenidas, las fachadas, los peatones. Todo forma parte de la visual parisina. Desde la tradicional Avenue des Champs Elysèes, hasta el empedrado de una callecita angosta que desemboca en una cálida y cómoda librería que en la parte de atrás tiene una cafetería más linda y más acojedora aún. París es esto. 

Ya es totalmente de noche y hace mucho frío. Difícilmente el termómetro supere los 0º, quizá pronto empiece a nevar. Me pongo las orejeras y le doy una vuelta más a mi bufanda. El frío ya es cruel, pero nada que no pueda solucionarse más tarde con un café al paso. 
Miro mi reloj. Faltan 15 minutos para las 21hs. Sin pensarlo y muy decidido comienzo a caminar rápido hacia lo que probablemente sería la última posibilidad de llevarme el recuerdo visual más lindo que pueda tener en mi vida. 

Caminé muy rápido. A cada paso continuaba sacando fotos, era imposible no detenerse y retratar algunas escenas tan pintorescas, tan únicas. Seguía caminando. El frío ya no importaba. Miré otra vez el reloj, solo tenía 8 minutos para llegar. 
Las últimas cuadras casi las corrí, pero sin dejar de disfrutar cada paso. Llegué. Faltaba exactamente 1 minuto. Llegué exactamente al lugar donde quería. Busqué estratégicamente el lugar y bajo un cielo muy negro y lleno de estrellas y un frío que no dejaba pensar, me senté y simplemente esperé...

Las 20:59 se transformaron en las 21:00 y comenzó el show. Ahí me encontraba yo, sentado. Perfectamente centrado en el Champ du Mars, viendo cómo la Torre Eiffel comenzaba a brillar. Sin pensar en absolutamente nada, simplemente admirando la maravilla que tenía frente a mis ojos. Es increíble lo insignificante que uno se puede sentir ante algo tan imponente. Tenía al máximo representante de Europa frente a mí, esbelta y elegante con un juego de luces perfecto, casi soberbio. Un momento mágico. Mis ojos no se cansaron de ver destellar la Torre Eiffel durante esos 60 segundos. Destellos que parecían diamantes suspendidos en el aire. 60 segundos que parecieron ser infinitos. Infinitos como los recuerdos, eternos, detenidos para siempre en tiempo y espacio. Eso que va a quedar siempre. 

Y así, casi por única vez en el viaje, retraté el momento y luego bajé la cámara para disfrutar lo que estaba viviendo. Algo tan instantáneo y único que se grabó en mi mente para siempre y nadie me podrá sacar por más que lo intente, hasta el último de mis días. 





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