700 11.436 18

By 20:06 , , , , , , , , , , , ,




Hace un tiempo navegando en internet encontrésin querer, una foto que me dejó con la boca abierta. Un no-se-qué me llamó la atención… me cautivó. Era de ese tipo de fotos idílicas, con paisajes soñados,  típica de un folleto de una agencia de turismo. 




Sin razón alguna, sin siquiera saber el nombre del lugar, ni dónde quedaba, imprimí la foto y la puse en un lugar donde pueda verla todos los días, donde me inspire y me dé fuerzas para cumplir lo que era mi nuevo objetivo: ir a ese lugar.

Río Neckar 

Exactamente 700 días después de haber encontrado la foto y de haberme prometido a mí mismo algún día viajar a “ese pueblito soñado” me encontré ahí. Era algo simplemente increíble. En ese preciso instante tuve por primera vez la mágica sensación de estar en el lugar correcto, en el momento indicado y que nada malo me podía pasar. Sentí felicidad.



11.436  KM exactamente recorrí para llegar de Buenos Aires a Heidelberg. Un pueblito perdido en el medio de Alemania, con un castillo medieval en lo alto de la montaña rodeado por un bosque de pinos, el río Neckar que pasa por debajo de un puente de piedra, y una aldea medieval con callejones y tiendas de juguetes artesanales de madera, librerías antiguas y chocolaterías. 



Caminar por esta ciudad detenida en el tiempo es sumergirse en un cuento. Heidelberg es una representación casi perfecta de aquellos pueblitos de la Edad Media que leíamos y pensábamos que sólo existían en los cuentos de hadas. Acá existe. Todo es real. 



Ese día hacía aproximadamente 0º. 

El ambiente que se respira es ameno, cálido, a pesar del crudo frío invernal. Es la perfecta combinación entre la juventud universitaria que camina por la calle con abrigo, anteojos y sus libros bajo el brazo, y las familias que caminan agarradas de la mano, sonrientes, mientras dan un paseo por el centro de la ciudad.



18 hs marcó el reloj, estaba cayendo el atardecer, era la hora dorada. Definitivamente no es una hora cualquiera, es la hora donde las mejores vistas aparecen. El valle de pinos, los edificios medievales, el ayuntamiento, todo se teñía con los últimos rayos del sol. 



Las calles pequeñitas eran un magnífico juego de luces y sombras, un escenario perfecto. Todo tenía un tinte entre misterioso y enigmático. Deleité mis ojos y mi cámara y saqué mis últimas fotografías.







El viaje debía continuar, y ya teníamos que partir hacia Frankfurt. Ese día había cumplido mi sueño, vi con mis propios ojos todo lo que me había cautivado de aquella foto. Ahí mismo comprobé el por qué de mi fascinación con un pueblo recóndito oculto en el sur de Alemania.






En la ruta me pregunté por qué Heidelberg no es de las ciudades más visitadas del país. Pensé que debería ser más conocida. Tiene una belleza inigualable, que vale la pena ser mostrada al mundo entero.



Pero por el contrario, lo que más me enamoró es justamente lo que la distingue y la hace única: su esencia medieval, sus paisajes de cuento de hadas, su gente y su encanto enigmático oculto bajo el anonimato.


Un sueño cumplido, un viaje soñado y hora de la felicidad.
 700, 11.436, 18. 





You Might Also Like

0 Comments

Archivo del Blog